domingo, 26 de febrero de 2012

LA VIDA MÓVIL

Me he plantado justo en el peldaño anterior a los teléfonos “inteligentes” con conexión perpetua a Internet. Estoy en facebook, estoy en twitter, leo la prensa digital, chateo con los amigos, tengo un blog… sin embargo me niego a que las redes entren a saco en mi vida; y me explico:
Me hace gracia que se llame inteligentes a estos aparatos, mientras muchos de sus propietarios y usuarios demuestran escasas dosis de esa cualidad, al menos en su componente emocional, afectivo y social. Sí, social. Es paradójico que las redes sociales nos estén convirtiendo en asociales y, sobre todo, en maleducados.

El detonante para escribir esto -yo siempre necesito detonantes para escribir lo que sea- fue nuestro vecino de mesa en un restaurante en Jaraíz de la Vera (Valle del Jerte). A escaso medio metro de nosotros (mi mujer y yo) un individuo sonriente con dos teléfonos móviles encima de la mesa; uno de ellos, claramente inteligente o, al menos, insoportablemente impertinente, celebraba con un trino digital cada mensaje que el sujeto recibía. Esto ocurría, aproximadamente, cada dos minutos o, a lo sumo, tres. Cuando llevábamos más de un cuarto de hora escuchando el trinar del simpático vecino, me giré y esperé pacientemente a que levantara la cara de su móvil (comía al tacto con la otra mano) y le dirigí una sonrisa en la que intenté mezclar la de Jack Nicholson durante El Resplandor, hacha en mano, con la del Joker de Batman, también de Nicholson.

El individuo, tan inteligente como su teléfono, pareció entender el mensaje (acostumbrado a recibirlos por centenares, no me extraña) y debió optar por el modo “silencio”, aunque naturalmente no dejó de “twittear”.
Sin embargo, sea porque el teléfono, de puro inteligente, se reactivó por sí mismo en su función “normal” de sonido, sea porque el propietario consideró que a partir del segundo plato, los postres entran mejor con trinos, volvimos a deleitarnos con los sintéticos de aquel mamarracho, como colofón a una comida que habíamos soñado placentera.

Pero el trinador no fue el único adicto del comedor, donde solo había cuatro mesas ocupadas, de las cuales la única sin teléfonos sobre el mantel, adivínenlo, era la nuestra.
A unos dos metros teníamos tres animados y encorbatados comensales, de los cuales dos dejaron el teléfono quieto no más allá de unos diez minutos en total durante la comida. Así pudimos saber los materiales que aún faltaban para la obra, por qué no había ido el del aire acondicionado, dónde estaban comiendo, cuándo quedaban y dónde, cuatro gracias sobre Francisco, a quién tenían que llamar los otros y un montón de datos más que en absoluto nos importaban ni nos apetecía escuchar, pero de los que no puedes librarte debido a la ABSOLUTA FALTA DE EDUCACIÓN DE LOS ESPAÑOLES a la hora de utilizar el móvil.

El mismo episodio se repetía durante los desayunos en el hotel, donde se felicitaban cumpleaños de niños, se explicaba con detalle lo que se había cenado la noche antes, lo que se iba a comer en el día presente, las excursiones pendientes, el informe metereológico, si aceptábamos el precio o no, cuándo íbamos a cobrar, cuándo íbamos a pagar, cuándo volvíamos a la oficina, cuándo nos veíamos, dónde, la hora... Todo ello a un volumen tan elevado que, si el teléfono se apagara de repente, diríase que la conversación podría continuar sin problemas.

Y así en el tren, en el autobús, en el metro, en el avión en cuanto las ruedas empiezan a oler a asfalto...
Eso, sin contar que debemos contestar al móvil, sea llamada, sms, “wasap” o avisos de facebook o twitter, inmediatamente, estemos hablando con una persona en ese momento o no, conduciendo o limpiándonos el culo, es igual. 

El personaje estúpido con teléfono inteligente a menudo ni siquiera se disculpa; como mucho te suelta un “espera un momento” y allí te quedas tú, con cara de gilipollas, esperando que aquel adicto irrecuperable termine de atender su aparatito. Lo más considerado que te dice es un “perdona”… Pero ¿qué te debo perdonar? ¿la falta de respeto con la persona que te estaba hablando, en este caso yo y en otros cualquier otra? ¿la estupidez que demuestras anteponiendo la inmediatez artificial de una comunicación a distancia a la inmediatez real del cara a cara con otra persona?  ¿Debo perdonarte, quizá, que no seas capaz de apagar el teléfono mientras comes, mientras ves una película, mientras vas al baño, mientras duermes, mientras tomas café con los amigos, mientras estás con la familia reunido, mientras paseas por el campo, la playa o cualquier otro sitio que merezca la pena prestarle atención? ¿Debo perdonarte, tal vez, que te olvides de vivir para poder atender puntual e inmediatamente tu teléfono? Pues lo siento mucho, pero por todo eso solo puedes perdonarte tú, si el teléfono te deja tiempo para aprender a hacerlo.

Quiero cambiar mi teléfono móvil por uno de los que resultan hoy día más difíciles de encontrar; unos que no tienen cámara, ni bluetooth, ni pueden conectarse a internet; solo sirven para enviar y recibir llamadas y mensajes. Son pequeños, para que no molesten en el bolsillo y tiene una función básica de la que, al parecer, los inteligentes carecen: se pueden apagar.

3 comentarios:

  1. Totalmente contigo amigo. Demasiados ruidos y distracciones...

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  2. Pues el mío solo tiene cámara y solo caben 3 fotos....soy un privilegiado!!

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  3. Muy bueno y muy cierto,esta abrumadora tecnologia que nos atrapa...Julian

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